Tuve la fortuna de conocer a Rosario Ibarra de Piedra en mis años de juventud, cuando ella fue candidata presidencial postulada por el Partido Revolucionario de los Trabajadores en los comicios de 1982. Fui testigo de decenas de actos públicos que ella encabezó en todo el territorio nacional.

Ella fue la primera mujer que aspiró al máximo cargo político en el país y también, la primera en ser postulada en dos ocasiones a la misma posición, pues repitió candidatura en las elecciones de 1988.

“¡Pepe!” me gritaba para saludarme, para solicitar apoyo o para informar de algún suceso.

Desaparecidos

Su incursión en la vida política mexicana surgió a partir de la desaparición de su hijo, Jesús Piedra Ibarra, en la ciudad de Monterrey, quien salió de su casa a comprar comestibles y ya no volvió. Era abril de 1975.

A partir de entonces, Rosario inició una larga lucha con el objetivo de exigir al gobierno mexicano la presentación con vida de cientos de desaparecidos, perseguidos y presos políticos.

Durante los años 60 y 70 del siglo pasado, el gobierno mexicano implementó una despiadada cacería (conocida como “Guerra Sucia”) contra los integrantes de grupos guerrilleros que en esa época sumaban más de medio centenar por todo el país.

Precisamente su hijo, Jesús Piedra, fue acusado de pertenecer a la Liga Comunista 23 de septiembre.

Contestataria

Su primera campaña electoral comenzó en la ciudad de Atoyac de Álvarez, en el estado de Guerrero, tierra de Lucio Cabañas Barrientos, un profesor rural que en su lucha por la transformación del país, fundó y encabezó el brazo armado o grupo guerrillero del Partido de los Pobres y quien, por cierto, estudió en la escuela normal rural de Ayotzinapa, Guerrero.

Con la excusa de su persecución, el gobierno mexicano prácticamente arrasó el pueblo de Atoyac de Álvarez, localidad en la que sumaban decenas de familias con parientes presos, desaparecidos, perseguidos o exiliados.

Por eso es que Rosario Ibarra inició ahí su campaña electoral que la llevó a recorrer varias cárceles mexicanas en las que visitó a decenas de internos considerados presos políticos e interceder por su libertad.

Según recuerdo, Rosario estaba consciente de que no ganaría la elección y de que su campaña tenía la característica de ser testimonial. Que su objetivo era colocar el tema de los desaparecidos como una prioridad en el país; denunciar a los responsables de estos hechos, hacer justicia a los familiares de los desaparecidos y, por supuesto, localizar a los más posibles, lo que logró en decenas de casos en estos 45 años de búsqueda sin fin.

Por esta acción –que resultaba sumamente riesgosa en los tiempos de su campaña- por su postura radical en los comicios y, por supuesto, por su campaña, realizada entre ciudadanos marginados, la consignas que principalmente se gritaban en sus actos proselitistas eran: ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos! Y ¡Rosario, Ibarra, candidata proletaria!

Reconocimiento

Hace unos días y a casi 45 años de que Rosario inició esta lucha, el Estado mexicano, a través de la Cámara de Diputados, ha reconocido su labor social al entregarle la Medalla al Mérito Cívico, “Eduardo Neri, Legisladores de 1913”.

Fundadora, en 1977, del Comité Pro Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos, que después cambió su nombre al Comité Eureka, Rosario Ibarra envió un texto que fue leído durante la sesión, por su hija Rosario Piedra Ibarra.

En él, demandó al gobierno mexicano la creación de una Comisión de la Verdad para todos los casos documentados y denunciados por Eureka desde 1975, comenzando –considero personalmente- por el de su hijo Jesús Piedra.

Hoy tengo presente en mi memoria a la infatigable Rosario Ibarra; a su lucha social de más de 40 años que ha marcado un periodo fundamental en la historia de México, a sus encendidos discursos públicos y a su inquebrantable compromiso con la justicia.

Ojalá que toda esta lucha que ha encabezado no se quede solo en este reconocimiento.  

(*) Periodista

Twitter: @juanjosearreola

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