La visión de cada uno acerca de la Navidad, depende de la cultura en la cual te has desarrollado –si perteneces o no a una religión cristiana o no cristiana- el cúmulo histórico de tus propias navidades desde la infancia, tu edad y por supuesto el grado de madurez  emocional y académica, incluidos los trastornos de personalidad que te acompañan.

Aquel México de las posadas con letanía, petición de albergue para los peregrinos, piñata a veces en la calle y regalos de fruta, colación y ponche apenas persiste en colonias que de clase media pasaron a ser cuasi-marginadas. En la bruma de la historia, se han perdido los regalos que trae el niño dios y la paciencia para esperar la llegada de los reyes magos.

La influencia mercadológica ha impuesto el excesivo consumo de bebidas alcohólicas, intercambio obligatorio de regalos; los abuelos reciben de hijos y nietos cosas que realmente no tendrán un uso justificado. A los niños se les ofrecen tenis y camisetas de moda, las mamás acumularán algo más para su hogar y los padres gozarán de otra corbata o bufanda para ampliar su colección por la suma de diciembres. 

El menú de la cena también cambia según si se trata de clase media venida a menos o nuevos ricos favorecidos por quienes apenas arribaron a una posición –de trabajo público o privado- que les permita considerar al bacalao importado o el pavo relleno de delicias costosas en vez del pollo en mole, los simples romeritos o el atún aderezado con chiles güeros.

Aun con el entorno festivo y el énfasis declarativo de quienes se asumen ateos y reducen la Navidad a una fiesta social, el fenómeno más ignorado o cuando menos desatendido es la depresión

En una sociedad cansada de estímulos publicitarios hacia el éxito, la felicidad y Tener por encima de Ser, diversos trastornos de personalidad surgen en un contexto de frustración negada bajo la apariencia de felicidad. 

¿Un duelo no procesado –la muerte de alguien amado, la pérdida de trabajo, el exceso del uso de crédito- pueden producir depresión? ¿Los excesos de bebidas alcohólicas o drogas y el sexo sin control son maneras equívocas de ocultar la melancolía?

Indudablemente el rebasar límites de conductas y valores que nadie se ocupó de explicarte y la suposición de que la capacidad de compra es el mejor antídoto de la infelicidad, sobre todo si la adolescencia terminó con esa fase de juegos infantiles, en la cual hasta los adultos se sienten parte de una diversión anual donde el volver a parecer niños les trae el recuerdo, a veces inconsciente, de navidades llenas de gozo, felicidad y armonía familiar. ¿Por qué las iglesias –sobre todo las multitudinarias- sustituyen su capacidad de amor hacia sus propios miembros, con discursos enfatizando que las circunstancias confrontadas por algunos de sus integrantes –la viudez, la pérdida de bienes, el deterioro en la salud, la partida de los hijos- son apenas “pruebas” que el cielo permite para medir la propia fortaleza? ¿Transformar el tema de la depresión en vergüenza por no poder confiar en el poder divino es sano emocionalmente hablando?

Partiendo del hecho innegable de que este es el mundo y no el paraíso y de que en la humanidad hay toda suerte de personas –buenas y malas, sanas y enfermas mentales, espirituales y materialistas- y que se requiere de procesos de desarrollo que neutralicen el exceso de ingenuidad para permitir la defensa individual y social frente a aberraciones como el tráfico de personas, armas y sustancias nocivas; la Navidad es a fin de cuentas una oportunidad para la reflexión y el ejercicio del gozo logrado por el dar y a veces también por el recibir. ¿Eres de los que evitas la alegría de quienes decoran el árbol porque el origen de esto fue una costumbre pagana? Evitas el rojo y la leyenda de Santa Claus ¿porque sabes que se originó en una campaña para vender un refresco de cola? Te parece inapropiado un nacimiento con pesebre, figuras de la familia y el niño nacido en Belén, ¿porque la Biblia no señala fecha de ese evento?

Algo malo está pasando cuando en esta época de frío –para el hemisferio norte- ni los mensajes de amor, solidaridad e invitación para cenas familiares –que se convierten en tarea agobiante, para asistir por igual con la madre que con la suegra- logran erradicar ese tufo de soledad, cuestionamiento del entorno y poca esperanza de que las cosas mejoren para las mayorías. 

Si todo eso te pasa, en realidad estás deprimido, lo cual no es una vergüenza ni mucho menos culpa, si la simple consciencia de que eso te ocurre quizá es suficiente para cambiar de ruta emocional visitar un especialista y si eres de los que confías en tu propia fe, puedes hacer oración, escuchar música con mensajes de paz y lo más importante trazar el camino que quieres recorrer a partir de mañana. 

Nadie, ni aun los que padecen alguna enfermedad irremediable, puede anticipar el fin de cualquier camino de vida, pero todos estamos en la posibilidad de continuar, al margen del frío que aumenta el dolor de huesos, la ausencia de familiares que han partido en buena lid o en ingratitudes y reclamos parecidos a los del hijo pródigo, de solidaridades hipócritas cuya verdadera intención es apropiarse de los bienes de otros y hasta la corrupción generalizada incluso de miembros del poder judicial en cuya cobardía eluden resolver el fondo de asuntos que a final del día afectarán por igual a pobres que a ricos y hasta adultas mayores a las que no les importa dejar en la calle, si el precio de su contraparte litigante llegó a donde se esperaba. 

Así las cosas, yo le invito a compartir mis deseos de Navidad: que seamos solidarios y respetuosos aun con aquellos que piensan y son diferentes, que las violaciones al uso de suelo no hagan de la ciudad de México un espacio inhabitable, que los crímenes disminuyan y de ser posible se erradiquen y que, de todo ello yo pueda ser parte activa para lograrlo, aunque sea con un pequeño grano de arena.

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