Los parlamentarios parisinos del siglo XVII quedaron boquiabiertos al escuchar al rey Luis XIV de Francia decir: “El Estado soy yo”, en clara referencia a la idea de garantizar la vigencia de la monarquía absoluta y recetarles, a los integrantes del congreso francés, el mensaje de que el único que tomaba decisiones era él, el joven reyecito europeo.

Ese pasaje de la historia universal vino a mi memoria ahora que realizaba un recuento de lo que ha hecho o determinado el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en los primeros 13 días de su gobierno.

¿Qué ha hecho, preguntamos? Bueno, pues me parece que ha implementado acciones para reducir los contrapesos del poder; es decir, parece que quiere gobernar sin que nada ni nadie cuestionen sus formas, acciones y determinaciones. Vaya, sin órganos autónomos que desde el mismo Estado, cuestionen su proceder.

Tiene el control del Congreso de la Unión y ahora, por lo que se ve, quiere el de todo el aparato de estado.

Ya se enfrentó con un grupo de empresarios que invirtieron en la construcción del nuevo aeropuerto, porque López Obrador está encaprichado en construir el suyo, a su imagen y semejanza.

También chocó con el Poder Judicial por la reducción en los salarios, protagonizando un sainete que violenta, de fondo, la independencia de los poderes.

No conforme con estos desencuentros, atizó la lumbre al echar en la fogata su inconformidad con la resolución que adoptó el Tribunal Electoral Federal por su postura de avalar el triunfo de la candidata del PAN a la gubernatura de Puebla. De paso, también rompió lanzas con la gobernadora electa, pues afirmó que por lo pronto, no irá a Puebla.

Y ya para cerrar este rápido recuento, esta semana López Obrador firmó el decreto para desaparecer el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.

Con estas posturas políticas, el presidente de México deja en claro que su ideal de gobierno es ser el único que toma decisiones y que para evitar problemas posteriores, prefiere anular o de plano desaparecer los contrapesos en el ejercicio del poder.

Es cierto que el avance democrático en nuestro país y en sus instituciones ha sido “a cuenta gotas” y muy, pero my lento. También es cierto que subsisten infinidad de temas que siguen siendo un lastre; sin embargo, sus acciones, decisiones y reacciones muestran con claridad que su rumbo no es hacia la democracia sino hacia el férreo control de las instituciones y, por ende, de las decisiones.

Claro que debemos preocuparnos; independientemente de que hayamos o no votado por él, de que hayamos apostado o no por un cambio en la política gubernamental, el rumbo que pareciera ser que se está tomando, no es el que todos pensamos.

El Estado absolutista es un asunto del pasado, de hace siglos. Ojalá que López Obrador frene sus impulsos y no se atreva a caer en este grave error de proclamar: “el Estado soy yo”.

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